Embarcar puede ser en ocasiones tranquilo y placentero. La diferencia es que hoy si no salto me quedo de este lado de la orilla. Es una experiencia única: un pie en tierra firme -de por medio el agua- en el vacío el otro (pie) y parte del cuerpo intentando llegar al borde de la lancha que comenzó a zarpar.
Para otra persona podría parecer que será un mal día, pero los nacidos aquí nos quitamos esos temores desde pequeños.
La élice va dejando atrás un gran rastro de espuma que se pierde entre las olas. En lo más quieto de la orilla los primeros rayos del sol ilumninan el muelle de los pescadores.
La tradición se atribuye a la acción del maestro de ribera José Triscornia, algunas veces también llamado Tiscornia. Cuenta la historia que él en 1792 erigió en el pueblo un muelle y un carenero para buques menores. Su ejemplo fue seguido por otros como Don Juan Samá, Don Antonio Frías y Don José Travieso.
Así con el tiempo todo el litoral se cubrió de arrimos de madera dura sobre horcones. Han pasado los años, la tradición perdura; los pescadores caminan sobrer los entrejuntos tablones y alistan sus redes para embarcar en busca de manchas de peces por capturar.
En tanto, la ralidad de llegar a la otra orilla me hace dejar atrás ese entorno y comenzar el trabajo de hoy.